miércoles, 28 de octubre de 2009

El Soplador y el Chullachaqui

GERMAN LEQUERICA




Ediciones ORUGA
Colección:
Narrativa
Amazónica

Primera Edición Electrónica: 2003
Segunda Edición Electrónica: Octubre 2005

Iquitos, Octubre de 2009. Germán Lequerica
Edición a cargo de Lando
Carátula a cargo de Lando
De esta edición: Grupo Oruga de Acción Cultural
Távara West 395 - Iquitos

INTRODUCCION
“En el mito de creación de los Boras, el Soplador es el Hombre, el Sol-del-centro, y la cerbatana (pucuna) su arma principal para la caza, pues él provee la carne (mitayo) de la alimentación familiar, mientras su mujer, a quien denomina su “Servidora”, se dedica a las labores agrícolas. Ella a su vez se refiere a él como a su “Servidor”.
Los Boras, al igual que la mayoría de los grupos nativos Amazónicos, pueden “sentir” la proximidad de la variada fauna silvestre: distinguen a las aves por su canto, huelen a las serpientes, osos y cerdos del monte.
Consideran a los animales de tierra, agua y aire, así como a los árboles y toda la flora, como a sus ancestros desde el inicio de los tiempos, de los que ellos vienen a ser el resultado final de una simbiosis étnica, en la que participan todos los elementos del entorno selvático y al que pueden volver en vidas sucesivas como árbol, tigre, duende, paloma, río, lluvia, pez, trueno o rayo”.

Virginia Roca López, Grupo Oruga de Acción Cultural

EL SOPLADOR Y EL CHULLACHAQUI

Luego de su encuentro con el Otorongo, el Soplador siguió buscando la pava que su Servidora encinta le había pedido como un antojo. Notó que ya no llovía, que un tibio resplandor le acariciaba el rostro cobrizo y que el aire alborotaba las copas de los árboles con su aleteo refrescante.

Había sol y brisa, se dijo. Eso era bueno. Tal vez ahora las pavas se animaban a salir con sus polluelos en busca de alimento, se toparían con él, y de ese modo su Servidora ya no abortaría ni comería sólo flores silvestres. ¿Acaso él no era el Sol-del-Centro, el mitayero más diestro de toda la selva?

Razonaba así cuando escuchó a lo lejos un canto. Lo reconoció con una sonrisa que entrecerró sus negrísimos ojos. “Es una pava –susurro -, ¡al fin!”. Y en vez de seguir por la trocha se internó en la cerrada maleza. Con el mayor sigilo sorteó arbustos, sogas y cortaderas, quebrando a su paso las ramitas que le señalarían el camino de retorno.

Avanzó un largo trecho así, cauteloso, atento a cada sonido, a cada hoja que se movía fuera de su alcance, y cuando calculó que por ahí nomás debía estar la pava, se detuvo. Paró las orejas para captar el más leve ruido que delatara la presencia del ave. En eso, un nuevo canto. Similar al anterior, pero distante.

No se había dado cuenta que a escasos metros de sus pies descalzos, oculta detrás de una mata de bijao, una pava temblaba de miedo. Al verlo acercarse, había ordenado a sus polluelos esconderse debajo la hojarasca, mientras ella, con el pescuezo en alto, espiaba al Soplador por las rendijas de las hojas abiertas en abanico.

En la breve pausa, el Soplador observó el entorno y no encontró rastros del ave. Entonces calculó el lugar exacto de la pava que había cantado la segunda vez. Revisó sus armas y se abrió paso por el monte a gran velocidad. Ahora sí la ubicaría y la soplaría a primera vista.

Libres de la amenaza, la pava y sus polluelos volvieron a su rutina de perseguir insectos entre hierbajos y cortezas podridas. Pero la pava sabía que ese último canto no era el de una pava como ella y que algún espíritu del bosque le había imitado su canto para salvarla del peligro.

Se alegró por ello y reunió a sus polluelos.

-Niños -les-dijo-, este lugar no me gusta. Huyamos.

Entre tanto, el soplador había llegado al borde de un descampado en medio monte. Debía ser una chacra abandonada, una purma, pensó. Árboles viejos y altos circundaban el pequeño cultivo. Ocultas por la hierba crecida vio en el interior algunas frutas maduras: piñas olorosas, cashos amarillos y rojos, huevos de gato en sus racimos llenos de hormigas.

Se le hizo agua la boca, y sin pensarlo más se metió en la chacra. Desgajó una piña rosada, la peló con su breve cuchillo curvo y se la comió en un santiamén, estaba dulce y sabrosa, se dijo, y aunque picados de pájaros, los cashos debían estarlos también. No los cogió porque ahí mismito se acordó de la pava.

Pero en eso descubrió en el suelo húmedo la huella de un pie que no era el suyo, y un paso más allá un rastro borroso como el de otro pie más chico, sin dedos. ¡Serían las pisadas de un ser que cojeaba al caminar? Al pensar así sintió como que alguien oculto le ahuaitaba desde el lindero de la purma. Y un súbito estremecimiento le recorrió el cuerpo.

-¡Chullachaqui! –susurro-. ¡Estoy en su chacra!

Aunque él no se asustaba así no más, temió por su suerte. Sabía que este demonio del monte, este espíritu a veces burlón y travieso, no perdonaba una ofensa. Confundía los caminos o los borraba para extraviar a sus víctimas, las enfrentaba a visiones de animales desconocidos y feroces. Sintió un ligero desmayo y se arrimó a un arbusto para no caer.

Entonces lo vio asomar por entre las matas de piña y venir hacia él, balanceando el cuerpo. Era casi un enano, barrigón. La extraña criatura tenía el rostro cambiante, como el de una máscara que reproducía al mismo tiempo los gestos de la ira, el sarcasmo, la risa. Traía en la mano una delgada rama de huingo, agitándola como un látigo amenazante.

Los viejos contaban a los niños en las noches de miedo que el Chullachaqui llevaba en sus holgados pantalones saltacochas, baratijas de origen desconocido, luciérnagas de fantasía, olores y sonidos delirantes, y en los amplios bolsillos de su camisa de vichí a rayas, pinturas de colores estrafalarios, dibujos de personajes míticos, auroras boreales y arcoiris. Por eso, cuando por algún motivo se enfurecería, arrojaba estos elementos al aire produciendo estallidos, reflejos deslumbrantes, fuegos fatuos y apariciones fabulosas. Quienes tenían la desventura de presenciar estas visiones enloquecían sin remedio.

Se detuvo a unos pasos del Soplador y le dijo:

-Sé quién eres. ¿Qué haces en mi chacra?

Las palabras de aquella voz grave y áspera golpearon los oídos del Soplador como ramas que se desgajan con el viento. Comprendió que se enfrentaba a un adversario poderoso y decidido. Sabía que los espíritus del bosque gobernaban sabiamente la existencia y el destino de los que allí moraban desde el inicio de los tiempos. Ellos podían dar o quitar, premiar o castigar. Así había sido siempre, y así sería.

-Pasaba por aquí. No sabía que era tu chacra –atinó a responder el Soplador.

Y se dio cuenta que no estaba asustado, que más bien se sentía seguro de sí mismo, dispuesto a enfrentarse a esta realidad que amenazaba mellar su condición y jerarquía de Sol-del-Centro.

-¿No lo sabías? ¿No viste acaso mi fruta preferida, el huevo de gato?

-No me fijé. Sólo vi las piñas y los cashos.

-¡Mientes! ¡Que haces aquí!

-Sólo busco una pava para mi Servidora. Está encinta y es su antojo.

Entonces el Chullachaqui se enfureció como nunca y le dijo no me importa el antojo de tu mujer, todos los animales del monte son míos, no los puedes soplar sin mi permiso. Ellos vivían huyendo de los cazadores, eludiendo las trampas, le dijo, tú no puedes matar a mi Pava Pishca, a mi Hullpa Venado ni a mi Huapo Colorado. Se estaban extinguiendo y por eso ya no los encontraba en su camino, desaparecerían si no los defendía ¿Y de qué voy a vivir? ¿Qué voy a comer?, le pregunto al soplador. Caza lo que encuentras cuando te lo regalo, no seas antojero. Pero el Soplador insistió que sólo estaba buscando una pava cualquiera, si no la llevo, mi mujer abortará. Así que le suplicó que le permitiera encontrarla. Sólo por esta vez, le dijo. ¡Aja!, quieres que te regale una pava, ¿no? Pues bien, toma. Búscala aquí, le ofreció sacando de sus repletos bolsillos un manojo de dibujos. Escoge la que quieras.

El Soplador desplegó los papeles en la hierba pero en ninguno de ellos encontró la pava que quería, porque los dibujos eran de aves que él nunca había visto.

-No está la que busco - se lamentó decepcionado.

-Claro que no. Las que están allí ya no existen, fueron exterminadas en otros tiempos. Pero aquí tienes algunas que puedes atrapar –le retó.

Y lanzo al espacio visiones de aves fabulosas cuyos vuelos se entrecruzaban en medio de granizos aterradores. Al instante cayó sobre el lugar un repentino arcoiris: las gotitas de luz iluminaron el bosque y el cuerpo del Soplador como una tenue garúa de colores. Entre el asombro y la locura, éste empezó a disparar sus flechas envenenadas contra aquellas apariciones. Eran pavas con cabeza de tortuga, de mono o de serpiente, alas de mariposas azules, de bocholochos o de garzas, colas de oso hormiguero, de caimán o de aves del paraíso.

Apenas los virotes del Soplador daban en el blanco, las visiones desaparecían como globos que revientan. Pero una pava fue alcanzada, plegó sus alas y rebotó en la hojarasca al pie de un enorme castaño. El Soplador la recogió apurado y la aprisionó en sus brazos. Y como un poseído emprendió el regreso, festejando su triunfo con gritos desaforados. Mientras se alejaba, la sarcástica risa del Chullachaqui se expandió en el monte, resonando en las hojas y en el aire.

Anochecía ya cuando el Soplador, en desesperada carrera por el bosque, encontró al fin la trocha perdida. Fue entonces que dejó de correr y pensó en su Servidora. Ella se alegraría de verme, se dijo, y ya no abortará ni comerá sólo flores silvestres.

No bien el Soplador llegó a su maloca, puso la pava sobre la barbacoa y le dijo a su mujer que ahí está pues la pava que tanto quieres, anda a componerla y prepárala para comer los dos, que él también estaba de hambre y se acostaría en la hamaca para descansar. Entonces su Servidora le dijo, oye, ¿Por qué te burlas de mí? ¿Qué te crees para que me traigas una pava de palo? ¿Una pava de palo?, se estremeció el Soplador, y de un salto estuvo en la barbacoa. De veras ahí estaba una hermosa pava de madera, de esas que los renacos escultores suelen crear con sus raíces a través del tiempo. El Soplador se sintió burlado y decidió que quemaría la pava, que la arrojaría al fuego para calentar la maloca. Pero cuando la iba a tomar en sus manos. La pava de madera abrió sus espléndidas alas de jaspes marrones, lanzo al viento su característico “¡cúju...!” y alzó el vuelo hasta perderse en la oscuridad de la noche.

El Soplador y su Servidora se miraron turbados. Luego ella, como si aquella visión fuera algo cotidiano, le dijo que mañana te irás otra vez al monte y me traerás una pava de carne y hueso, no me gustan las pavas de palo. El Soplador congeló en su rostro una sonrisa de miedo.

FIN

miércoles, 21 de octubre de 2009

Carátula: Lando (Fotografía – vista del Bulevar de Iquitos desde el Centro Artesanal)
German Lequerica
Gregorio

Hace mucho tiempo que vivo en esta casa, desde aquella tarde, según he oído decir cientos de veces, en que doña Prudencia, recién casada, me encontró extraviado en un parque. No recuerdo nada de eso porque entonces era muy pequeñín. ¿Quiénes serían mis padres? Nunca lo quise averiguar ni me importó mucho eso del árbol genealógico y etc. Digo esto porque la gente apenas me conocía se interesaba por el color de mi piel y de mis ojos, y hacía preguntas zonzas acerca de mi raza y procedencia. Lo cierto es que me amamantaron con biberón, me dieron todo el amor que tenían, y yo crecí en la idea de que era uno de la familia. Doña Prudencia, a quien adoro como una madre, me colmaba de regalos y me daba todo lo que pedía, las más ricas golosinas y esos sabrosos helados de fresa, de leche o de chocolate, que tanto me gustan.

Pasó el tiempo. Crecí. Me hice grande y fuerte. Al menos eso es lo que creo. Entonces, por las noches, salía de la casa a hurtadillas. Salía a vagar, a mirar la noche, a recorrer las calles desiertas. Me gustaba agazaparme como los gatos y asustar a las pobres cucarachas del jardín. Una vez, lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer, mientras espiaba silencioso, tensos los músculos, vi que una lagartija se ponía al acecho. Estaba quieta, con los ojos abiertos y brillantes. Su lengua roja y elástica dibujaba zetas veloces ocultándose pronta entre sus apretadas mandíbulas feroces. Luego acomodó sus patas para el ataque, recogió su pescuezo lo más que pudo arrugando el lustroso pellejo tornasol, y dio el salto de muerte. Entonces oí un chillido lastimero, voces de socorro, un desesperado batir de alas que se rompen, y coletazos. De pronto silencio. Un jadeo y otra vez silencio. Yo estaba como petrificado, mudo, incapaz de mover los brazos ni las piernas, ni respirar. Todo había sucedido en pocos segundos. Se me hizo un nudo en la garganta y estuve a punto de sufrir un colapso emocional. Pasó unos instantes y vi que la lagartija, campante, con un grillo verde entre las fauces se alejaba presurosa por entre las matas de geranio a devorar su presa. Esto fue demasiado, tuve náuseas. Desde aquella vez no vuelvo por las noches al jardín y siempre tengo sueños horribles.

En cambio se me hizo costumbre subirme a las azoteas y observar a los vecinos. Conozco a toda la gente del barrio desde los techos de las casas. A veces me sorprenden espiándoles cuando me paseo de día, parsimonioso, como quien está tomando un baño de sol. Algunos me dicen:

- Gregorio ¿qué haces ahí?, ¡¡Vete!!

Pero cuando salgo en las noches no se dan cuenta de que los miro. Entonces puedo ver cosas lindas, sobre todo - ¡aparte, claro, de los dormitorios de las muchachas! - las lejanas estrellas y la luna llena. Sé muchas cosas de las noches del barrio. Sé por ejemplo que la luna sale por las ramas del eucalipto que tiene allá en su jardín la vecina Lucrecia, y se oculta justamente por la azotea de los Alonso, donde hace guardia puntual y amenazante el fiel “Barrabás”, el terror de los gatos del vecindario. Sé que muy entrada la noche algunas sombras humanas caminan por las azoteas y van a robar a las mucamas o a las señoritas sabe Dios qué cosas. En fin, sé que Lupita, la chica más guapa del barrio tiene un lunar en la espalda, abajito, cerca de la cintura. Es un lunar negro, negro. Lo he visto tan de cerquita que una vez sin darme cuenta derribé un macetero. Ella me miró asustada, y cuando se dio cuenta que era yo lanzó una carcajada. No me tiene vergüenza y creo que hasta se deleita con mi presencia. Creo esto porque cuando llego tarde a la ventana de su cuarto de baño me dice:

- Gregorio ¿dónde has estado, no sabes que es la hora del baño?

Y canturreando empieza su strip-tease. Yo soy el único espectador. Aunque ella sabe que no soy un peligro, entorna lo suficiente la ventana y solo puedo mirar con un ojo. Pero me basta. La veo totalmente sin nada, desnudita como Eva sin la hojita de parra, sin nada. ¡¡Se afeita!! Y los ojos me bailan desorbitados, felinos, amarillos. Esto de su strip-tease me deja sin aliento, afiebrado. Cuando desea que me vaya me salpica agua graciosamente con los dedos. Y me voy. Pero pensando en ella, en su risa juvenil, en su inocente coqueteo y en sus labios adorables como capullos.

¿Estaré enamorado? No lo sé. Pero desde que somos amigos siento celos cuando la veo salir con algunos de los idiotas del barrio. Y la espero hasta que vuelva. Cuando entra al baño, la veo desvestirse apresuradamente y asearse. Entonces me mira y no me da importancia. Se revisa minuciosamente el cuerpo, en especial los pechos donde algunas veces se ven huellas de labios como ronchas encarnadas que al día siguiente se tornan moradas o negras. Otras veces apaga la luz y no sé qué cosas hace en la oscuridad. Una vez me dio miedo porque se puso a jadear y gemir como si estuviera presa de una convulsión o algo por el estilo. Hasta me pareció oír que repetía mi nombre, que decía: ¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Estará enamorada? No lo sé. Pero creo que alguna de estas noches, cuando apaga la luz, podré averiguarlo.

Y van pasando los días. Todos iguales. En la casa, de un tiempo a esta parte nadie me da importancia. Me miran con indiferencia, como si no existiera, como si fuera un ser de otro mundo. Los viejos no paran casi en casa y cuando lo están ya no me dirigen la palabra como antes. Cuando me ven recostado sobre el chaise-longe, me dicen:

- Gregorio, ¡vete a tu cuarto! No piensas sino en dormir, ¡holgazán!

Ayer escuché a doña Prudencia, mi mamá, decía hablando con mi padre:

- Creo que es tiempo de casar a Gregorio. Se le ve muy solitario, decaído, sin ánimo para nada. Se pasa los días durmiendo. ¿No crees que debe hacerse de familia?

Mi papá no dijo nada. Me puse a pensar: “Quieren casarme, ¿con quién? ¿es que ya tienen ellos la novia? No, esto no puede ser. Ahora es cuando yo debo hablar fuerte. No soy un ser inferior para que decidan sobre mi matrimonio, así porque sí, como les viene en gana”. Toda la sangre se me subió a la cabeza. Encorvé la espalda desperezándome y en un enorme bostezo alcancé a gritar con todas mis fuerzas.

- ¡¡¡Cásenme con Lupita!!!

- ¡¿Eh, oíste?! Gregorio ha dicho Lupita – dijo doña Prudencia dirigiéndose a mi papá, y me miró asombrada, incrédula. Yo bajé los ojos avergonzado y contrito. Entonces se me acercó y me hizo una caricia maternal como no lo había hecho hace tiempo.

- Mi pobre Gregorio ¿tú también estás enamorado de Lupita?

Aquí fue que mi papá dejó la lectura. Me miró despectivamente y con un brillo maligno en los ojos le dijo a mi madre:

- Oh, Prudencia ¿estás loca?, los gatos no hablan.

jueves, 15 de octubre de 2009

AHASVERUS



Ahasverus

"El hombre es una sombra que pasa"
David


Los caminos sintieron el instante
en que Ahasverus descolgó sus sandalias
de fuego, y gimieron, borraron las
señales de sus nombres para que los viajeros
no los vieran florecer. Se apartaron del mundo.

Así, mientras las luces y las sombras se amaban libremente,
los deseos furtivos sólo pudieron anidar
en los crepúsculos audaces, en los celajes
cuya frecuente exactitud desataba la
euforia de los días, en la virtual sonrisa
de los rostros perdidos, y en el tiempo
que pasa y no sabe que pasa.

Pero Ahasverus viene, se acerca irreverente. Su paso
redoblante incendia la pradera, abre desdichas en
las paredes de los sueños, satura de
sonidos calcinantes los oídos mortales
y otea como un lince los abismos del alma.

Por ello, para escapar del laberinto, he sembrado en
el viento que se aleja mis esporas
de albatros y he plegado mis alas de ceniza.

Después que haya pasado me sumaré a su sombra
y erraré junto a él, sin deseos, sin esperanza alguna.
Con los pies en el aire, libre al fin, cumpliré sin saberlo
mi destino de larva
de papel
.


Germán Lequerica
Iquitos, Perú 10/09/99



En octubre de 1999, se publica en una edición bilingüe alemán-castellano en Wiesbaden (Alemania) la plaqueta Cantos para el Mendigo y el Rey de la poetisa amazónica Sui-Yun, que incluye el poema “Ahasverus” de Germán Lequerica, que llega a crear una poética filosófica de gran nivel dando la impresión de ser una creación premonitoria sobre el paso de la vida terrenal para convertirse en sombra y recuerdo del pasado.


AHASVERUS
(Versión en Alemán)


,, Der Mensch its ein Schatten, der vorbeigeht”
David

Die Wege spürten den Augenblick
in dem Ahasverus seine Feuersandalen auszog,
und stöhnten, löschten
die Zeichen ihrer Namen, damit die Reisenden
sie nicht blühen sähen. Sie entfernten sich von der Welt.

Während die Lichter und die Schatten sich frei liebten,
konnten somit die flüchtigen Wünsche nur in der
क्ह्नेn Dämmerung nisten, in den Wolkenmassen
deren häufige Genauigkeit
die Euphorie der Tage entfesselte,
in dem stillschweigenden Lächeln
der verlorenen Gesichter, und in der Zeit,
die vergeht und nicht weiβ, daβ sie vergeht.

Aber Ahasverus kommt, er naht rücksichtslos। Sein
Trommelschritt entzündet den Wiesengrundt, verursacht
Unglück in den Wänden der Träume, sättigt
mit dörrenden Lauten die sterblichen Ohren
und belauert wie ein Luchs die Abgründe der Seele.

Daher um dem Labyrinth zu entkommen, habe ich
meine Albatroβsporen in den abrückenden Wind geworfen
und habe meine Aschenflügel gefaltet.

Nachdem es vorüber ist, werde ich mich zu seinem
Schatten schlagen
Und mit ihm umherirren, ohne Wünsche, ohne jede
Hoffnung.
Mit den Füβen in der Luft, endlich frei, werde ich
ohne es zu wissen mein Schicksal einer Papiermaske
erfüllen.

German Lequerica / übersetzt von Curt Meyer-Clason
German Lequerica / Traducción: Curt Meyer-Clason

martes, 13 de octubre de 2009

Cantos para Germán Lequerica

-¡Me lo prometiste! – replicó la fémina.

El vate, a la vez que esbozaba una leve sonrisa con los ojos, entre seria y divertida, le respondió tranquilizante: – Ya se que te lo prometí china, y voy a cumplirlo. Palabra de Poeta.

Era la noche del viernes 10 de septiembre de 1999, pasadas las diez, en que la poetisa amazónica
Sui-Yun sin saberlo realizaba su penúltima visita al poeta Germán Lequerica.

Germán, te comento que estoy preparando la publicación de una plaqueta en una edición bilingüe alemán-castellano en Wiesbaden (Alemania), ésta tendrá por título Cantos para el Mendigo y el Rey y... Germancito, muchas veces te pedí que escribieras un poema para mí, y me prometiste que sí lo harías, entonces tienes que hacerlo ahora en este momento, para publicarlo en mi plaqueta, pues mañana me regreso a Alemania – sentenció Sui Yun.

A Germán no le molestaba que lo presionen de esa manera, al contrario le encantaba, pues sostenía que cuando los creativos estamos bajo presión fluye mejor nuestra inspiración y nos volvemos energéticamente productivos, atrayendo magnéticamente el infalible auspicio de las musas. Esa era uno de sus formas preferidas de motivar. El hacía lo mismo con los dibujantes del Grupo Oruga de Acción Cultural en los años ’85 a ‘90, para apurar la ilustración de los cuentos para niños. Imagino también, que así como muchos
amigos, los entonces jóvenes poetas del Grupo Urcututo (ahora con gran madurez), Anita Varela, Percy Vilchez y Carlos Reyes, le recuerdan con mucho respeto y admiración, pues reconocidamente era un maestro en cuanto momento era requerido, para plasmar con perfectas pinceladas lo que daría el contraste preciso y el brillo concluyente al cuadro poético del alumno.

Según da cuenta su hijo Hernán, consuetudinario convidado a las tertulias y bohemias en donde muchísimas veces compartían Germán Lequerica y el poeta Cesar Calvo, las más de las veces, a pedido expreso de Cesar Calvo Soriano, Lequerica tomaba el lapicero y ensayaba sobre el papel bulky inspiradas líneas, que luego de terminadas, Calvo las tomaba como por asalto para declamarlas a viva voz. Finalmente, luego de repasar con su penetrante mirada a todos los ojos de los presentes recibía un baño de aplausos de celebración del acto de lectura. Luego, con la sutileza de un prestidigitador, presuroso guardaba el poema en alguno de sus bolsillos atesorándolo celosamente como trofeo, cual fanático admirador de la poesía de Germán.

Hernán Lequerica Chiong, quien en la actualidad se encuentra abocado a la recopilación y digitación de la poesía inédita que nos dejó Germán en sendos escritos y manuscritos, comenta que aquellos poemas guardados por Cesar Calvo, por razones obvias tendrían que clasificarse como desaparecidos e irrecuperables, pues lamentablemente ni Lequerica ni Calvo pueden ya dar razón del paradero de éstos.

En 1993, al publicar
Luis Hernán Ramírez
su poemario Gloriosa Gota Pura, rescata el poema Ved Poeta en calidad de colofón y en donde Luis Hernán comenta verbalmente expresando: Germán es un genio en la poesía, esta creación titulada “Ved Poeta” que incluyo en mi obra, lo escribió en Lima el 11 de septiembre de 1962, en breves minutos al visitarme, dándome con la sorpresa de mostrar una poesía hermosa y original.

Así fue que, aquella noche del 10 de septiembre de 1999, pasadas las diez, Germán tomó un respiro, y con una breve-seria sonrisa miró fijamente a
Sui-Yun, quien a través de un raro-húmedo estremecimiento y casi desvanecimiento, percibió y sintió en esos momentos el fulgor de la inspiración en los ojos del vate. Germán afiló sus mostachos con los dedos, tomó su lapicero, y de un soplo, en sólo instantes, mientras era acompañado por el emocionado silencio de la poetisa quien posiblemente aguantaba la respiración, había ya manifestado y materializado su creación, pues tenía ya en el papel el “borrador” del poema. Ahí mismo se lo dio a leer a Sui-Yun, y ella exclamó emocionada que estaba genial, que no había nada que agregar ni quitar y que ya mismo se lo llevaba. Entonces Germán, cauto, le dijo que todavía no, que lo tenia que leer de nuevo y a ver si le ponía algunas comas y uno que otro puntito. La protesta de Sui-Yun fue enérgica y dijo que de ningún modo iba a desprenderse del papel, el cual lo tenia abrazado al pecho. Finalmente Germán, sin tener que recurrir a hipnotismo alguno (o tal vez si), logró convencerle, prometiéndole que se lo iba a enviar inmediatamente a su correo electrónico y que lo tendría en bandeja de entrada antes de que ella pisara suelo alemán. Sui-Yun se despidió, con un tufillo de desconfianza, pero con el cien por ciento de esperanza del cumplimiento de la nueva promesa, confiando en que esta vez hubo presencia de un testigo.

Apenas se escuchó la partida del motocarro que llevaba de regreso a la poetisa, en ese mismo instante Germán me entregó el poema para digitarlo en el procesador de textos de mi computadora. Y los “¿algunas comas y uno que otro puntito?”, me di cuenta entonces que Germán no aumentaría ni tacharía una sola letra ni agregaría un sólo caracter más. El poema quedó tal cual lo había leído
Sui-Yun.

Al otro día en la mañana, ya digitado, le entregué el poema impreso a Germán para que revisase posibles errores de tipeo
. En ese momento, pasada la revisión y aprobación, por única vez escuché a Germán leer “Ahasverus”. Fue irrepetible, le impregnó aquel mismo sentimiento y aquella fuerza que le hizo escribirlo, y luego de recitar la última estrofa: “Después que haya pasado me sumaré a su sombra/y erraré junto a él, sin deseos, sin esperanza alguna./Con los pies en el aire, libre al fin, cumpliré sin saberlo/mi destino de larva/de papel.”, se le nublaron los ojos y se quedó en silencio.


Al rato fuimos a mi casa, y personalmente, con el cuidado y la compañía de Germán, me encargué de hacerle llegar a la poetisa, vía email, el archivo electrónico conteniendo “Ahasverus”.